Contragolpe

Un cuento futbolero.

POR Ricardo Silva Romero

Enero 27 2021
Contragolpe

Ilustración de Sindy Elefante

 

¿Qué clase de persona era yo en febrero de 1992? Era un papá calvo de 1,65 metros que hacía chistes de papá calvo, felizmente atrapado en la gerencia de una empresa familiar, haciéndole fuerza al ingenioso Millonarios dirigido por Moisés Pachón. ¿Qué clase de persona era mi padre? Era un hincha de Santa Fe de pelo blanco, de 1,90 metros, que iba por ahí contando chistes verdes, reivindicando las luchas de la izquierda y enfrentándose a un establecimiento que solía hacer cambios profundos para que siguiera todo igual. ¿Qué clase de persona era mi hijo? Era un niño de once años demasiado bueno para este mundo, que a mí me decía que era de Millonarios y a su abuelo le juraba que era de Santa Fe.

Sé redactar discursos como este. He sido tan bueno para los números –que son tan bellos como las letras, pero un poco más precisos– que muy pronto mi abuelo me pidió que lo acompañara en la gerencia de la empresa de cerámicas que nos ha dado a todos este alivio, pero soy capaz de redactar textos como este. Y sin embargo no me molesta cuando alguien se da cuenta de que soy un hombre simple, acostumbrado a usar traje de corbata, resignado a los leves vaivenes de mi rutina, orgulloso de una esposa que solo me regaña por mi conformismo, feliz si nos vamos de vacaciones, feliz si no. Así soy. Y así era en febrero de 1992. Y como entonces solo tenía 37 años, no parecía un viejo en paz –que es lo que he sido desde niño–, sino un joven derrotado y gris.

Mi papá en cambio era un imán: “Mi colegio era mixto: había hombres e hinchas de Millonarios”; “Estudié filosofía y letras, así a mi familia le diera un infarto que dejara la fábrica de cerámica”; “Me echaron a la cárcel el día que Lleras Restrepo metió los tanques en la Universidad Nacional”; “Conocí a la mamá de este el día que Pastrana le robó a Rojas las elecciones”; “A mí me torturaron en los tanques de agua de las caballerizas en tiempos de Turbay”; “Bailábamos salsa en El Goce Pagano cuando Tomás González era el barman”; “Cantábamos tangos en el Café Pasaje con la gente del MOIR”; “Salí del Palacio de Justicia cinco minutos antes de que entrara el camión del M-19”; “Odio a Millonarios con odio jarocho porque es el hijo bobo del Real Madrid”, les dijo a mis novias hasta el día en que me casé.

Mi hijo, por su parte, era un ángel de Dios. Siempre fue un niño de carcajadas contagiosas que antes de dormir nos decía –sin comas, sin pausas–: “Hasta mañana los adoro”. Siempre disfrutó las películas de Indiana Jones más que la vida, pero podía verse las de dibujos animados sin sentirse menos grande. En las fiestas infantiles de aquella época, que no se las deseo ni a los funcionarios más caraduras de la Dian, era el único niño que defendía a las niñas de los niños. Sufría de verdad, es decir, sudaba frío ante la posibilidad de hacer sentir mal a algún miembro de la familia, a algún amigo del colegio, a algún conocido que pasara por ahí. Y aunque lo tenía todo bajo control, aunque era un rey magnánimo que día a día conseguía la convivencia de su pueblo, mi papá –que era su adoración: su abuelito lindo– lo ponía en jaque siempre que le decía: “Tienes que decidirte: Millonarios o Santa Fe”.

Yo no tuve ni un gramo de adolescencia: no tiré puertas ni grité “te odio” ni fumé a escondidas en la esquina de mi barrio. Pero el domingo 23 de febrero de 1992, primera fecha de la Copa Mustang, estuve a punto de volverme loco. Mi papá, que justo cumplía setenta años ese día, me dijo: “Quiero que mi regalo sea ir al Campín a ver el clásico con mi hijo y con mi nieto”, y yo corrí a conseguir las boletas. Hay que decir que “el clásico” fue, es y será el partido Santa Fe contra Millonarios. No sobra agregar, antes de contar lo que pasó esa tarde, que mi hijo hacía lo mejor que podía para no ponerme mal –por ser tan convencional y tan hecho a la rutina–, pero para mí estaba claro que el amor de su vida era el simpático, el agudo, el valiente, el carismático, el legendario, el Indiana Jones de su abuelo.

Y yo estaba resignado, claro, porque el amor entre los abuelos y los nietos es incorregible e irrevocable. Y yo seré un lugar común, pero no he sido nunca un idiota.

Debo decir que, a pesar de su personalidad arrolladora, mi papá, como tantos papás de su generación, solía manifestarme su afecto haciéndome bromas pesadas. No he dicho aún que mi mamá, que me transmitió el amor por Millonarios, murió cuando no era justo. Y que él y yo nos quedamos solos con mis abuelos fingiendo lo mejor que podíamos que esa era la vida que nos había tocado. Claro que nos quisimos mucho: éramos, en el fondo, solo él y yo, y podíamos estar los dos solos en silencio sin sentirnos fuera de lugar. Y sin embargo él se dedicó a sus causas y a sus novias pasajeras, y cada vez que se vio obligado a hacerme saber que me quería prefirió burlarse de mí.

Ese 23 de febrero no hizo sino repetir los chistes que los hinchas de Santa Fe les hacen a los hinchas de Millonarios: que son arribistas como los bogotanos arribistas, que son hijos de la mafia, que cómo puede un equipo autodenominarse “Millonarios”. Y yo, que siempre he tenido cuero para esos chistes, me convertí en mi yo melodramático y no supe cómo volver de allí y sentí que mi propio padre me estaba humillando enfrente de mi propio hijo. Me fui cargando –mientras parqueábamos el carro en el garaje junto a las casetas de fritanga, subíamos las escaleras hasta la tribuna occidental, recorríamos las gradas junto a 14.000 hinchas más y nos acomodábamos en las sillas de espuma antes de comprarnos un pedazo monstruoso de chicharrón– hasta que no me quedaba nada más aparte de estallar.

El partido, como saben todos los futboleros presentes, no ayudó. Millos, que era el favorito, comenzó ganando con un gol de cabeza del Pocillo Díaz en el minuto 7 luego de un centro de Niño. Santa Fe empató en el 22 luego de una jugada del Tren Valencia que acabó en un zurdazo cruzado de Tílger. “Ja, ja, ja”, gritó mi papá señalándome y alzando a mi hijo de 35 kilos. Mi rabia se fue enfriando porque desde ese momento hasta el comienzo del segundo tiempo el partido tuvo cara de soporífero juego de trámite: el enésimo 1-1 de la historia de los clásicos. Pero en el minuto 52 y en el minuto 54, ¡dos veces!, el Tren se sacó a todos los defensas azules para poner las cosas 3-1 de un momento a otro. Y aun cuando Millos remontó el marcador en el minuto 61, e hizo una serie de cambios arriesgados para contener el irrespeto santafereño, la cosa se puso 4-2, 5-2, 5-3, 6-3 y 7-3 en muy poco tiempo.

Hubo un momento en que mi papá perdió la cabeza porque, como saben todos los futboleros presentes, no hay en la vida una ocasión tan feliz como cuando se golea, humilla o aplasta al rival: mi papá solía llamarlo “el sano ejercicio de sodomizarlo” antes de soltar su provocador “ja, ja, ja”. Yo sé que él se burlaba de mí como un matón de colegio porque no sabía decirme que sí me quería. Yo sé. Yo lo tenía claro entonces. Su imagen risueña y roja con siete dedos levantados en la tribuna occidental, ese domingo de ese febrero de hace veinticinco años, no obstante, fue demasiado para mí. Grité: “¡No más!”. Me volteé decidido a decirle: “Hijo de puta”, nada más original que eso, bajo los “¡ole!” y los “¡Santa Fe, Santa Fe!” que venían de los hinchas rojos clavados en las tribunas. No se lo dije porque mi hijo, perdido dentro sí mismo, arrancó a llorar.

Y lloró y lloró y siguió llorando como un pobre hombre que por fin ha tocado fondo.

Nuestro duelo de miradas, padre santafereño triunfalista versus hijo azul sometido por los hechos, terminó en nada. Nuestro momento de la verdad: “¿Por qué te gusta humillarme, viejo arrogante?”, contra “A ver si por fin dejas el drama, niñito de su madre”, se quedó en ese “¡No más!”, que pensándolo bien era más que suficiente.

–¿Qué te pasó? –le preguntamos los dos al mismo tiempo, recobrando la adultez perdida, a nuestro niño desconsolado–. ¿Qué está pasando?

–Nada, nada –respondió.

–No estamos peleando –le aclaró mi padre–, son las cosas del juego.

–Ya pasó, ya pasó –le dije yo muerto de la angustia–, es un juego nada más.

El sol era una mueca. Los jugadores hacían lo mejor que podían por disputar esos cinco minutos inútiles. Los árbitros miraban sus relojes como pidiéndole a un juez mayor que terminara ese suplicio. Las barras azules se estaban desocupando porque no iba a ser fácil aguantarse los cánticos de los santafereños en el camino de vuelta al parqueadero. Y un hombre enorme de cabellera blanca con la camiseta del Santa Fe y un calvo pequeño con la camiseta de Millonarios le daban la espalda al estadio mientras hacían lo posible y lo imposible para consolar a un buenazo de once años que aún no se había acostumbrado a las miserias y a los reveses que el fútbol les tiene reservados a todos los niños que un buen día caen en sus garras; en sus guayos, mejor.

–¿Pasó algo en el colegio?

–¿Es el ruido?

–¿Es la gente?

–No es eso, es que yo soy hincha de Millos –reconoció mi hijo, incapaz de mirarnos a los ojos, para que no siguiéramos tratando de adivinar por qué no dejaba de llorar.

Su abuelo lo abrazó con un amor que últimamente he estado pensando que era amor por mí. Le pidió perdón mil veces allí en la gradería. Y lo consoló a punta de anécdotas: “Tu abuela era la mejor hincha de Millonarios que había aquí en Bogotá”, “Íbamos juntos al estadio cuando Pacheco era el gran hincha de Santa Fe”, “Sabía más de fútbol que cualquier hombre que yo haya conocido”, “Yo nunca fui capaz de convencer a tu papá de que se pasara a mi equipo porque tenía claro que todo lo bueno iba a heredarlo de ella”, desde la aparatosa salida del estadio hasta que volvimos a la casa a contarle el trauma a mi mujer. “¿Y el partido era quién contra quién?”, nos preguntó en uno de sus conmovedores intentos de ponernos cuidado.

Celebramos el cumpleaños número 70 hasta que se llegó la hora de dormir. Comimos todas las porquerías que le gustaban: chunchullo, morcilla, chorizo santarrosano. Cantamos el Happy Birthday a las patadas: “...hasta el año tres mil”. Apagamos una y otra vez las siete velas del ponqué con esa ligereza –con esa sensación de que uno tiene la fortuna de su lado y respira mejor– que se da unas cuantas veces en la vida como un guiño de Dios. Entregamos los regalos: libros, sacos, discos de tango. Y cuando mi hijo se fue a la cama porque al otro día había que levantarse temprano, llevé a mi papá a su casa de viudo mientras oíamos sus discos nuevos en el reproductor del carro y guardábamos silencio sin sentirnos fuera de lugar:

Por una cabeza

De un noble potrillo

Que justo en la raya

Afloja al llegar

Y que al regresar

Parece decir:

No olvides, hermano

Vos sabés, no hay que jugar.

No nos dijimos nada poético ni nada embarazoso esa noche cuando nos despedimos porque a buen entendedor pocas palabras le bastan. Creería en todo caso que allí, cuando me dio un par de palmaditas en la mano que no me volvió a dar y me dio las gracias que pocas veces más me dio, empezó la relación tranquila y cómoda que tuvimos hasta que murió. Cada cual siguió siendo el hombre que era, sin pataleos ni culpas, aunque Colombia se pusiera todavía más grave y los mejores se fueran muriendo: el abuelo colorido y el padre gris y el hijo con el corazón en la mano. Pero desde esa vez empezó a mirarnos a nosotros dos, sus descendientes azules, con la ternura con la que se miran las obras que se salen de las manos. Se burló a más no poder cuando fue obvio que mi nieto era hincha del Barça. Y siempre que pudo nos llamó “este par...”, mitad en chiste, mitad en serio, para reconocer su derrota.

Y siempre que se sintió correspondido nos sacó en cara, a los dos, aquel infame 7-3.

ACERCA DEL AUTOR


Ricardo Silva Romero

Escritor bogotano. Tres de sus novelas más reconocidas son Autogol (2009), Historia oficial del amor (2016) y Cómo perderlo todo (2018).